Aranzazu del Castillo | Tocar fondo y tirar pa’lante
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Tocar fondo y tirar pa’lante

El cerebro humano es una cosa fascinante. Su nivel de desarrollo, comparado con otras especies, es lo que nos ha permitido sobrevivir y evolucionar a lo largo del tiempo. Cada vez conocemos más sobre su estructura y funcionamiento gracias a las investigaciones. A pesar de esto sigue siendo un gran desconocido, especialmente cuando entran en juego sus partes más primitivas, encargadas de las emociones.

Cerebro, Anatomía Humana, Anatomía

Una de las grandes habilidades de nuestra especie -aunque no exclusiva de ella- es la capacidad de aprendizaje. La aparición del lenguaje y la capacidad simbólica nos ayuda a aprender más eficientemente. No necesitamos experimentar las consecuencias negativas de una acción para aprender que no es algo bueno para nosotros. Nos basta con verlo en otros, a veces incluso en personas desconocidas. En este proceso, las emociones no quedan relegadas a un segundo plano. Al contrario, son centrales y favorecen la fijación del aprendizaje en el cerebro. Por eso se habla de enseñanza significativa, que viene a reclamar un proceso de transmisión de conocimientos que tenga sentido para los alumnos y despierte en ellos algún tipo de emoción.

Pero el cerebro también se equivoca… A veces, aunque la consecuencia directa de una conducta sea negativa – por ejemplo, tiene efectos negativos sobre la salud o sobre nuestra relación con los demás- las personas podemos persistir en ella durante mucho tiempo. Ocurre cuando los “centros racionales” del cerebro no tienen potencia suficiente para competir con los “centros de placer”. Sí, de placer, porque si persistimos, por extraño que parezca o por claro que se vea desde fuera, es porque algún tipo de beneficio secundario o resultado positivo obtenemos de ella (por ejemplo, mayor contacto social, sensación de seguridad, oportunidad de aislarse de un problema, no pensar, etc.). Este bucle es muy poderoso y no basta con estar convencido para salir de él. A veces necesitamos tocar fondo de algún modo y experimentar emociones intensas -enfado, miedo, tristeza, impotencia, etc.-, que superen a las producidas por los “centros de placer” del cerebro y que solo ejercen su efecto a corto plazo.

Las preferencias y los hábitos son dos aspectos modificables. Los primeros, eso sí, de una manera más fácil. A veces cambian como resultado natural de nuestras circunstancias y de las personas con las que nos vamos relacionando. Los valores, en cambio, no son tan sencillos de cambiar. Son nuestras guías de vida y se construyen con el tiempo y las experiencias. Su papel es ayudarnos a volver al camino que hemos elegido cuando nos descarrilamos o desorientamos por algún motivo. ¿Qué puede producir un cambio en nuestros valores? La vivencia de una situación extrema o dura.

No soy masoquista, ni animaré a nadie a buscar este tipo de experiencias… Pero si alguna vez te ocurre, te propongo que aproveches la situación para reflexionar sobre lo que esta significa para tí en el momento en que ocurre y el impacto tiene en tus valores, en lo que consideras importante. Si la vivencia logra una reorganización de prioridades y una reafirmación de valores en la dirección adecuada…¡bienvenido sea! Estaremos hablando similar a la tan sonada resiliencia.

 

La foto de portada es de David Clode y puedes encontrarla en Unsplash 🙂

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