Aranzazu del Castillo | Propósitos de año nuevo
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Enero, el gran lunes del año. Sobre propósitos y buenas intenciones de año nuevo.

Enero y septiembre son por excelencia los meses de “volver a empezar”. Son los dos grandes “lunes” del año en los que la mayoría de nosotros nos sentamos y nos planteamos una serie de propósitos, metas o grandes objetivos.

La mitad de ellos no superan los dos meses y acaban generando sentimientos de frustración, culpabilidad e incapacidad para lograr lo que uno se propone. ¿Dónde está el problema?

Los humanos tenemos una tendencia natural a autorrealizarnos (Maslow, 1943), algo así como un impulso a desarrollar la mejor versión de nosotros mismos. Esta necesidad está en la cúspide de la pirámide de las necesidades humanas, después de la salud, la seguridad y la afiliación. Por tanto, es natural que las personas nos planteemos objetivos que supongan mejoras en nuestra vida. Acciones o hábitos que nos hagan sentir cada vez más autorrealizados.

El problema viene de querer cambiar todo a la vez y de raíz. Los humanos tenemos una gran capacidad de adaptación, pero no tanta… Cuando vemos una gran lista de tareas por hacer, el efecto suele ser agobio y abandono de los deberes. La famosa procastinación. Hace poco leí una propuesta que me pareció interesante para combatir este impulso tan nuestro de querer cambiarlo todo de golpe. En lugar de muchos propósitos, proponía que pensar 12 metas e intentar alcanzar una por mes. La idea es que aquello que consigas establecer en el primer mes no se pierda en el segundo. No me parece una mala aproximación, ¡pruébalo!

Mi propuesta es actuar antes incluso de poner en marcha esos buenos propósitos.

Lo primero que habría que hacer es preguntarse qué nos mueve a conseguir esa meta. ¿Lo hacemos por nosotros? ¿Lo hacemos por otras personas? ¿lo hacemos porque nos presiona la sociedad? La respuesta a esta pregunta es clave, ya que si la motivación viene de fuera será mucho más fácil que nos desinflemos ante la más mínima dificultad.

Lo segundo que deberíamos pensar es si dicha meta es importante para nosotros. Tal vez te has dado cuenta que lo estás haciendo por tu pareja, por tu hijo, por tus alumnos, o por quien sea, pero el cambio que experimentes es importante y valioso para ti y esto lo compensa todo, te da fuerza ante los obstáculos.

En tercer lugar, sugeriría que fuéramos estratégicos a la hora de plantear los retos. Albert Bandura, un reconocido autor dentro de la psicología, explicaba hace tiempo que los objetivos deben ser realistas, alcanzables, cercanos y medibles para que sean motivantes. En nuestro caso, quiere decir que debemos proponernos cosas que sabemos que podemos alcanzar –con cierto esfuerzo-, que dividamos las grandes metas en sub-objetivos cercanos en el tiempo (por ejemplo, por semanas) y que tengamos alguna vía para comprobar que lo estamos consiguiendo. Esto último es importante porque nos da información de cómo lo estamos haciendo, de manera que podemos corregir pasos si nos estamos desviando y sentirnos contentos si nos estamos acercando (y esto motiva… ¿no?).

Somos sociales por naturaleza y vivimos la era de la conexión con los otros las 24 horas, ¿por qué no aprovecharlo para nuestro propósito? Dos herramientas útiles son: tener testigos y hacer equipo. La primera de ellas consiste en explicar nuestra meta a una persona de confianza y pedirle que nos ayude a valorar cómo lo estamos haciendo a medida que avanzamos. La segunda consiste en implicar a otros para que se unan a nuestro reto (la unión hace la fuerza). Para ambas cosas las redes sociales van de perlas… ¿y si las utilizamos a nuestro favor?

Termino este post con algo que mencioné al principio de manera indirecta: los valores. Hemos dicho que los grandes objetivos pueden subdividirse en etapas. Tras la consecución de cada una de ellas es interesante permitirnos algún premio, por pequeño que sea. Esto siempre es motivante. Sin embargo, cuando el propósito es realmente valioso para nosotros, porque está alineado con nuestros valores personales, avanzar será el mayor premio que podamos tener y nos hará experimentar una elevada satisfacción personal. Me gusta explicar que los valores son como brújulas que indican una dirección apreciada. Este lugar nunca lo alcanzamos, pero el hecho de estar enfocados hace que nos sintamos bien. Plantear los propósitos (¿de vida?) en línea con los valores hace que además seamos capaces de disfrutar del camino, porque estamos enfocados en la dirección que queremos (por ejemplo, el valor de la salud y las acciones de comer sano, hacer ejercicio, dormir bien…No necesito ser perfecto en cada una de estas actividades, solo hacer lo que esté en mi mano para mejorar mi salud).

Photo by Thibault Mokuenko on Unsplash.

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