Aranzazu del Castillo | Mi amigo está depre
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Mi amigo está depre

“Busca distraerte…No sé, trata de ser positivo. Al fin y al cabo, las cosas no te van tan mal, ¿no…?”

Cuando una persona se siente triste la mayor parte del día, casi cada día, su entorno próximo -amigos, familiares, compañeros de trabajo- puede reaccionar de maneras muy diversas. Algunas de ellas no ayudan a la persona que sufre, sino que agravan y cronifican su situación.

Seamos honestos. Nos incomodan las emociones y expresiones de dolor y tristeza. No nos gusta experimentarlas, pero tampoco las llevamos bien cuando es alguien cercano y a quien apreciamos quien las vive. Hay personas para las que este último escenario resulta incluso menos tolerable.

Cuando se presenta, como decía, cada uno tiene su estrategia, su manera de abordar “el problema”. Las neuronas espejo se activan en nuestro cerebro haciendo posible que nos pongamos en la piel de nuestro amigo, nos sale la vena compasiva y el impulso de proteger. Lo escuchamos desahogarse, lo animamos a pensar en positivo y a veces, le permitimos hacer cosas que en otras circunstancias no haríamos – como cuando alguien está enfermo de gripe y dejamos que escape de sus obligaciones diarias.

No podemos evitarlo y lo hacemos con la mejor de las intenciones. El problema es que no siempre funciona y a menudo empeora la telaraña en la que ha quedado atrapado nuestro amigo. Si su tristeza es puntual, está asociada a un problema bien definido y el desahogo lo motiva a poner en marcha acciones para resolverlo, esta forma de responder podría ser de utilidad. Esto en cambio es más dudoso cuando hablamos de tristeza crónica o cuadros depresivos. ¿Quieres saber por qué?

El desencadenante de una depresión puede ser muy variado según la persona y sus circunstancias. A veces, puede ser originado a partir de un hecho puntual traumático, ser resultado de un cúmulo de malas experiencias o de un cambio significativo en algún área vital del individuo. Es importante destacar que no todos reaccionamos de la misma manera a los acontecimientos. Las características personales tienen un peso importante. Por eso, no todo el mundo se deprime tras haber sido víctima de un asalto. Las circunstancias y, especialmente, el contexto social de apoyo también juega su papel en el desarrollo o no de un problema más grave.

¿Qué hace una persona cuando está deprimida? Llora, tiene pensamientos negativos sobre sí mismo, el mundo y el futuro, se descuida físicamente, abandona actividades placenteras, se aísla de su entorno… Estas acciones tienen como consecuencia una reducción del contacto con áreas, actividades y personas que podrían dar momentos de satisfacción…inputs positivos. Como consecuencia, estamos más tristes y apáticos y sentimos la necesidad de abandonar aún más actividades y apartarnos de nuestros amigos y familia. En definitiva, un círculo vicioso que puede cortarse por diferentes sitios.

Cuando pedimos a la persona deprimida que se anime y que piense en positivo, en el fondo le estamos pidiendo que no se sienta como se siente – porque nos resulta incómodo y/o doloroso. Probablemente es algo que él o ella ya lleva tiempo intentando y esta clase de comentarios le generan presión, culpabilidad y sentimiento de inutilidad (“no soy capaz de estar bien“).

¿Qué podríamos hacer en su lugar? No tenemos que renunciar a nuestro lado más empático, sino todo lo contrario, conectar con él, transmitir comprensión, normalizar y legitimar sus sentimientos…darles espacio a las emociones. Será un buen ejercicio para nosotros también.

Ahora bien, hay una segunda parte importante que tenemos que vigilar. Con determinadas acciones, como permitir que la persona solo hable del tema que le preocupa y monopolice las conversaciones, escape de sus tareas y obligaciones diarias -tareas domésticas, cuidado de los hijos, trabajo-, hacerle favores especiales, etc. no solo no le estamos ayudando, sino que estamos contribuyendo a mantener las conductas de tipo depresivo. Es sencillo, si la persona obtiene algún tipo de beneficio, por sutil que sea, cada vez que muestra tristeza y se regodea en ella lo lógico es que vuelva a repetirlo en el futuro. Por eso, empatía y comprensión sí, pero evitando caer en la misma telaraña en la que el otro se encuentra atrapado.

Finalmente, como comentaba, la trampa de la depresión puede ser cortada por diferentes puntos. De dentro a fuera: es decir, trabajando arduo para cambiar lo que se piensa y se siente y así después poder actuar de manera satisfactoria en el día a día. De fuera a dentro: empezando por cambiar aquello que hago, sin importar demasiado cómo me encuentro, sabiendo que el cambio interior vendrá a su ritmo como consecuencia de las experiencias que vaya viviendo. La primera resulta bastante dura y no siempre la persona se encuentra en condiciones para llevarla a cabo. Se queda estancada en el “cuando tenga ganas, cuando tenga ganas…“.

Por tanto, si eres quien se encuentra más próximo a la persona deprimida y de verdad quieres ayudarlo a superar este bache, conviértete en su social organizer. Busca actividades gratificantes o que tu conocido soliese disfrutar en el pasado , planifica varias de ellas a lo largo de la jornada y comprométete con él a llevarlas a cabo como si de un equipo de dos se tratara.

Espero que este post te haya resultado de ayuda para saber cómo posicionarte la próxima vez que un amigo o familiar se sienta deprimido. Si además crees que necesita un apoyo extra, no dudes en ponerte en contacto conmigo 😉

Photo by Hian Oliveira on Unsplash

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