Aranzazu del Castillo | 8 de marzo día internacional de la mujer
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8 de Marzo: Día internacional de la mujer

“¡¡Sense les nenes, no hi ha revolució!!” [¡¡Sin las niñas, no hay revolución!!]

…gritaba a coro un grupo de niñas desde la verja de un colegio de un pequeño barrio de Barcelona. La masa heterogénea de mujeres que las miraba desde abajo se unía a este cántico con tal fuerza que a cualquiera se le ponía la piel de gallina.

Ayer, día 8 de marzo de 2018 las calles de muchas de las grandes ciudades del mundo se tapizaban de color lila y de multitud de mensajes sin filtros, de esos que van directos a la yugular.

“Nosotras paramos para que os paréis a pensar”

“Yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi vagina”

“Cuando vuelvo a casa por la noche, no quiero ser valiente, quiero ser libre”

“Pepe, a partir de mañana la cena te la haces tú”

“la democracia empieza en casa”

“las queremos libres y vivas”

Yo no voy a hablar de datos estadísticos. Ni de los que justifican la movilización (casos de acoso y/o maltrato, diferencia salarial y de oportunidades profesionales, corresponsabilidad familiar, etc.), ni de los que muestran el impacto de esta (países y porcentaje de población que ha secundado la huelga, personas congregadas en las calles, etc.). Como acostumbro a hacer, voy a centrarme en las imágenes que se me han quedado en la retina, en las sensaciones que se me han grabado en la piel y en los significados o símbolos que se me han almacenado en la memoria.

Ayer, por un breve espacio de tiempo tuve dudas sobre si debía unirme o no a la gran manifestación. La excusa: “soy autónoma”, que, por cierto, sirve para muchas cosas -buenas y malas-, no dejaba de ser una manera indirecta de contribuir a la perpetuación de este sistema que falla desde su propia raíz. Una maquinaria que no está engrasada y que se está oxidando de una forma cada vez más evidente.

Sacudidas las dudas, decidí implicarme al 100% en la causa, empezando con un mensaje dirigido a mis alumnos más jóvenes para transmitirles mi intención de reivindicar la paridad entre hombres y mujeres. Me pareció especialmente importante dirigirme a ellos porque entre las nuevas generaciones parece estar resurgiendo con mucha fuerza la cultura machista.

¿Será que hemos bajado la guardia demasiado pronto? ¿Habremos confiado demasiado en que los adultos “más concienciados” transmiten valores más igualitarios a sus hijos? ¿Será que estamos predispuestos naturalmente a machacar al que es de un grupo diferente?

No sé si por conciencia de la problemática existente, porque está de moda, o simplemente por jalear en medio de una manifestación, pero lo cierto es que las calles estaban repletas de mujeres, niñas, hombres y niños, todos gritando a unísono por una misma causa. ¿A dónde va a parar todo esto? ¿Quién es el receptor de estos aullidos? -me preguntaba a mí misma inquieta- ¿alguien los escucha? ¿alguien se hará responsable y los traducirá en medidas? Es la agridulce sensación que siempre me generan las manifestaciones, la impotencia de que toda esta energía quede en nada…

Y en medio de todo este alboroto, me tropiezo con el “síndrome de la abeja reina”, el cual pude escuchar un buen número de veces. No era la primera vez que me cruzaba con él, pero sí que me paraba a analizarlo. Hace referencia a mujeres que han alcanzado el éxito profesional en un mundo de hombres y que manifiestan actitudes y conductas antifeministas. Entre estas destaca la percepción de la mujer como rival a la que se tiene que dominar o la necesidad de rodearse y competir con hombres para reafirmarse profesionalmente. Lo oí en varias ocasiones para señalar a quienes no secundaban la huelga, cuando en realidad habría que pararse a analizar las razones individuales de cada una de estas mujeres… Aunque el término pueda parecerme interesante a nivel descriptivo, creo que también puede dar lugar a generalizaciones y conclusiones equivocadas e injustas sobre el “carácter” y las “relaciones entre las mujeres”.

¿Con qué me quedo? Sea cual sea el resultado de este movimiento, yo me siento feliz y congruente con mis ideales y valores. Me alegra haber apartado mis quehaceres por un día para alzar la voz por lo que considero importante y mucho más me alegra haber visto que tantas y tantas personas también lo hacían.  Me quedo con el “la democracia empieza en casa”, para resaltar la importancia de que como padres jóvenes -con suerte quizá más concienciados-, no bajemos la guardia y transmitamos buenos valores a las nuevas generaciones. Me quedo también con el “cuando regreso a casa por la noche no quiero ser valiente, quiero ser libre”, para combatir ese machismo alternativo que pretende convertir a la mujer en la guerrera o heroína que afronta los peligros e injusticias de la vida. No gracias, tampoco lo quiero. Me quedo con esas niñas que gritaban desde la verja del colegio, porque me dan esperanza, aunque espero que se unan a ellas los niños de su clase y los de la clase vecina. Y finalmente, me quedo con las abejas reinas, a las que creo que, en lugar de repudiar, deberíamos acoger y reeducar, para resaltar que la unión -no solo entre hombres y mujeres, sino entre mujeres y mujeres-, siempre hace la fuerza.

Fotografía de Aaron Burden extraída de Unsplash.

 

 

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